lunes, 11 de febrero de 2008

Camelot: Capital Del Reino Del Rey Arturo

En palabras de los poetas medievales y otros escritores, Camelot fue la capital del reino del rey Arturo, el héroe británico que reinó en el seno de una brillante corte. Allí vivía el rey rodeado de sus caballeros de la Tabla Redonda: Gawain, Perceval, Lanzarote, Galahad y otros. Es mencionada por primera vez como sede de la corte de Arturo por el poeta Chrétien de Troyes en la segunda mitad del siglo XII. Adquirió gran importancia durante el XIII en el romancero francés, y desde entonces fue el lugar donde se situó la famosa Tabla Redonda.



La Camelot de esos poetas se encuentra en una tierra inmemorial de bosques encantados y castillos misteriosos, pródigos en maravillas y magia. Allí, Arturo, junto a su compañera, Ginebra, reina a la cabeza de una orden de caballería basada en la de la Francia de principios de la Edad Media. Mientras tanto, los caballeros del rey Arturo parten en pos del Grial, pelean contra monstruos, rescatan a damiselas de las garras de malvados hechiceros, o caen en las redes de encantadoras damas que resultan ser hadas. Se enfrentan a peligros físicos y sobrenaturales, y como principio y fin de todas sus aventuras se erige Camelot, el centro de su universo.

La descripción de esa Camelot de novela es la de un castillo medieval que domina una ciudad, aunque su localización nunca queda totalmente clara. Sir Thomas Malory, escritor del siglo XV, la identificó con la ciudad de Winchester, en el sur de Inglaterra, ya que ésta fue la capital de los reyes sajones desde tiempos de Alfredo el Grande (849-899) hasta su conquista por los normandos (1066). Pero incluso Malory no es consecuente, y en una oportunidad la sitúa más allá de Carlisle, en el norte de Inglaterra.


La famosa Tabla Redonda del rey Arturo se encontraba, según los escritores de la Edad media, en Camelot.

Camelot está en todas partes y en ninguna, no es canto un lugar histórico como una ciudad idealizada. A partir de la Edad Media se convirtió en símbolo del orden en medio del caos, del estado ideal frente a la anarquía, de la civilización frente a la barbarie. Surgió y desapareció con Arturo: nadie reinó allí antes que él, y algunos autores medievales dicen que tras su muerte, el rey Marcos de Cornualles la destruyó. Pero, al igual que el propio Arturo, es imperecedera.

En el siglo XII, el escritor Geoffrey de Monmouth ofrece la primera descripción real de la corte de Arturo y la sitúa, no en Camelot, sino en Caerleon, al sur de Gales. Caerleon fue sede de una importante fortaleza de legionarios romanos y se enorgullece de poseer el anfiteatro romano tal vez más bello de Gran Bretaña.

En tiempos de Geoffrey aún podían verse las ruinas de las termas y de los sistemas de calefacción central; probablemente eligió esa ciudad como sede de la corte de Arturo simplemente porque la conocía bien y parecía haber sido en otros tiempos lo suficientemente esplendorosa como para ser la ciudad de Arturo.

Geoffrey relata cómo Arturo celebró Pentecostés en Caerleon, en un festejo que duró cuatro días, durante el cual lucía su corona y era asistido por reyes, nobles y obispos súbditos suyos, como un rey normando de tiempos de Geoffrey. Entre los caballeros asistentes se encontraban Bedivere y Kay, y los cuatro días transcurrieron entre torneos y otros entretenimientos.

Caerleon -escribe Geoffrey- estaba situada sobre el río Usk, «que corría a un costado de la ciudad, y que los reyes y princesas que llegasen de allende el mar podían remontar con una flota de navíos. En la orilla opuesta, flanqueada de praderas y frondosos bosques, habían embellecido con regios palacios la ciudad, que con los aguilones de sus tejados, pintados de oro, podía equipararse a Roma». Su relato sobre Caerleon se convirtió en la base de las descripciones de Camelot, siendo que hoy se lo conoce esencialmente a través de ilustradores y cineastas, aunque actualmente se muestre como un castillo con pináculos y estandartes ondeantes como los de la alta Edad Media.

El nombre de «Camelot» , utilizado por los escritores medievales, llevó a los posteriores arqueólogos a identificarlo con otros de resonancia similar. Algunos dijeron que se trataba del Camulodunum romano, Colchester, en Essex; otros lo ubicaron junto al Tintagel, en Cornualles, supuestamente cuna de Arturo, en una zona bañada por el río Camel. Sin embargo, el lugar que más alto proclama ser el «verdadero» Camelot es el castillo de Cadbury, al sur de Cadbury, en Somerset, cerca del pueblo de la reina Camel, que domina el cauce del pequeño río Cam.

La primera persona en identificar por escrito Cadbury con Camelot fue el anticuario del Rey, John Leland, quien escribió en 1542: «En el extremo más meridional de la comarca de South Cadbury se elevaba Camallate, que fue en su día una famosa ciudad o castillo...» Sin embargo, los lugareños parecen saber muy poco al respecto, y Leland tal vez llegó a la conclusión de que era Camelot por el nombre del pueblo: Camel. Pero también es posible que supiese de una auténtica tradición que se remontase a siglos atrás.

Pues si existió un Arturo histórico tras el legendario del romance, fue probablemente un jefe guerrero inglés del siglo XV, tras el período romano. Cadbury es considerada en la actualidad como la fortaleza más grande e impresionante conocida en la Gran Bretaña de aquel período, y se piensa que fue la sede de un rey que podía disponer de recursos inigualables en la Inglaterra de su época.

Contrariamente a los castillos medievales, Cadbury era simplemente una colina que había sido fortificada por los celtas con murallas de barro y fosos durante los últimos siglos a.C.

Las excavaciones han mostrado que el fuerte permaneció intacto durante la ocupación romana del sur de Gran Bretaña, que se inició en el 43 d.C., pero fue asaltado y tomado por los romanos dos décadas más tarde. Éstos desalojaron a sus habitantes, y durante unos 400 años el fuerte permaneció más o menos vacío. Cuando las legiones se retiraron, lo volvió a ocupar un jefe local bastante rico.

Hacia finales del siglo VI se construyó un edificio de madera sobre la meseta que domina el monte y se superpusieron nuevas defensas a las murallas superiores. Éstas eran muy elaboradas y evidentemente necesitaron gran cantidad de trabajo, lo cual suscitó la cuestión de quién, en aquel tiempo, podía disponer de la mano de obra necesaria. ¿Podría tratarse de Arturo?

Ciertamente, después de Leland, numerosas tradiciones vincularon a Arturo con Cadbury. La más notable de todas es la que afirma que en la cima de la colina, junto a los restos del edificio de madera, había un lugar conocido a finales del siglo XVI como el Palacio del rey Arturo.

Muchos años atrás, un labrador que araba un campo junto al río Cam encontró unos esqueletos. Algunos piensan que ese descubrimiento refuerza la tesis de que, además de tratarse de Camelot, South Cadbury fue el escenario de la última batalla del rey Arturo. Las pruebas históricas de esa batalla se encuentran en los Anales de Gales, del siglo X, en los que alrededor de 539 d.C. aparece la inscripción: «La batalla de Camlann, en la que perecieron Arturo y Medraldo.»

La información procedía probablemente de otros anales anteriores, contemporáneos a tal suceso, y es lo más que han podido acercarse a un terreno firme los buscadores de Arturo. El nombre de Camlann deriva probablemente de la antigua voz inglesa Camboglanna, «orilla curva» , es decir, de un río sinuoso. Por ello se cree que el escenario de la última batalla fue el fuerte romano de Camboglanna, en el Muro de Adriano, posiblemente la moderna Birdoswald sobre el sinuoso río Irving.


Pero cuando Geoffrey de Monmouth se puso a contar la historia de la batalla, sabía que la tradición galesa indicaba un Camlann en o cerca de Cornualles, y eligió el río Camel en ese país. En el siglo XVI se pensó que una vega junto al puente de Slaughter, que cruza el río Camel aproximadamente a una milla río arriba de Camelford, era ese lugar. Más arriba del puente de Slaughter, a orillas del Camel, aún se puede ver «la Tumba del rey Arturo» , una losa plana que, en el siglo XVI, los lugareños pensaron que llevaba el nombre de Arturo y que señalaba su tumba. Por su parte, Malory sitúa la última batalla en «una colina junto a Salisbury», no lejos de su Camelot, Winchester.

La verdad es que, a través de los siglos, los relatos sobre Arturo cautivaron de tal forma la imaginación nacional que cada región quería reivindicarlo, y muchos rasgos paisajísticos se vincularon a él. Éste es el Arturo, no del romance, sino del mito y la leyenda, la más de las veces una figura titánica capaz de dar forma a los numerosos Tejos de Arturo -cámaras funerarias prehistóricas, de las que sólo en Gales se encuentran nueve- o de sentarse en la Silla de Arturo, la gran roca volcánica que domina Edimburgo.

Éste es también el Arturo que no murió, sino que duerme en un misterioso lugar subterráneo rodeado de sus caballeros. Varias grutas de Arturo en Gales lo esconden; y existen más de doce lugares donde se dice que duerme. Entre ellos están el castillo de Sewingshields, que se erigió junto al Muro de Adriano, y las colinas de Eildon, en la frontera con Escocia.

En el sur, descansa bajo el castillo de Cadbury en una cueva cerrada por puertas de hierro. Allí, según la tradición local, hay una noche al año en que se abren, y es posible verlo en el interior. La firme convicción de que Arturo nunca murió subsistió allí, a distancia visible de Glastonbury (donde, en 1191, se afirmó haber encontrado la tumba «oficial» de Arturo), al parecer hasta el siglo XIX cuentan que uno de los lugareños preguntó con inquietud a un grupo de arqueólogos que habían ido a Cadbury para ver «Camelot» si se iban a llevar al rey. Aunque no existiera nunca un Camelot, ni un Arturo, es evidente que ambos han alcanzado la verdadera inmortalidad.

Pero Hubo Alguna Atlántida

Decenas de investigadores pretenden haber localizado la Atlántida en diferentes lugares del mundo. Sin embargo, aún no está claro que esta mítica isla de la felicidad existiera realmente.


Hacia el año 350 a.C. vieron la luz dos escritos de Platón en los que exponía, en forma de diálogo, algunas de sus ideas filosóficas. En ambas obras -Timeo y Critias- el sabio griego hacía referencia a una fabulosa civilización, rica y poderosa, que después de haber sostenido una larga guerra contra pueblos vecinos habría desaparecido completamente a causa de un violento terremoto. Su nombre: Atlántida.

A primera vista, la historia podría considerarse un exhorto a la virtud, pues este tipo de literatura moralizante era muy frecuente en la antigüedad clásica. Sin embargo, algunos detalles cuestionan tal suposición. Así, Platón insiste cuatro veces en la certeza de su relato, que habría transcrito literalmente a partir de la información legada por el célebre legislador Solón, el cual a su vez la habría recibido, aproximadamente en el 600 a.C., de un sacerdote egipcio. Por otro lado, el filósofo griego describe la capital de la Atlántida, a lo largo de unas veinte páginas, con tal profusión de detalles que los arqueólogos de hoy podrían reconstruir la ciudad sin necesidad de más datos.

El manuscrito de Platón no llamó particularmente la atención de sus contemporáneos. Su propio alumno Aristóteles lo consideraba un cuento con moraleja como tantos otros, opinión que comparten en nuestros días numerosos arqueólogos a historiadores. Sea como fuere, lo cierto es que algo de especial debe tener el continente platónico. De Lo contrario cómo puede explicarse que, desde su mención, se hayan publicado más de 2.000 textos acerca de la legendaria civilización. Y actualmente, sólo en España, existen 97 libros cuyos títulos incluyen el nombre de Atlántida.

Son muchos los investigadores que, de forma más o menos rigurosa, han emprendido la búsqueda del continente desaparecido, una empresa no del todo descabellada, pues al fin y al cabo también la Troya de Homero se creía producto de la fantasía, hasta que el arqueólogo Heinrich Schliemann la descubrió en 1903. Veamos las teorías que se han fraguado en torno a los diferentes aspectos de la cuestión, comenzando por el cronológico.

Del relato de Platón se deduce que la civilización atlante debió florecer hace más de 12.000 años. Este dato no puede ser exacto en ningún caso, puesto que en aquellos remotos tiempos todavía no existía ninguna cultura evolucionada que trabajara los metales, estuviera gobernada por reyes y dominara los mares con sus barcos. En cuanto a la localización del misterioso continente, el texto del filósofo ateniense lo sitúa "más allá de las Columnas de Hércules", y esto significaba, según la concepción de la antigüedad, al otro lado del estrecho de Gibraltar, es decir, en el océano Atlántico. Pero atención, recordemos que la fábula procede de los antiguos egipcios y, para ellos, la isla perdida se llamaba Keftiu (el nombre que tenían para Creta). La fuente de información de Platón, el legislador y estadista Solón, pensaba naturalmente en griego, de modo que traduciría las indicaciones del sacerdote egipcio a su propia lengua, pudiendo producirse por esto algunos equívocos. Posiblemente los egipcios tenían en mente un lugar totalmente diferente al referido por Solón, ya que para esta civilización confinada en el valle del Nilo, el mundo conocido terminaba no ya en el Atlántico, sino en el mismo Mediterráneo. Y es precisamente aquí donde, en opinión de algunos investigadores, se habría ubicado en realidad la Atlántida, aunque sobre esto volveremos más adelante.


En su escrito de 1638 Nova Atlantis, el inglés Francis Bacon, uno de los primeros eruditos occidentales en interesarse por el tema, identificaba el entonces recién descubierto continente americano con el país descrito por Platón. Otro sabio, el jesuita alemán Athanasius Kircher, afirmaba 27 años más tarde que se habría tratado de una isla propiamente dicha, situándola, de un tamaño inmenso, entre Europa y América.

Ya en siglo XIX, los franceses Brasseur de Bourbourg y Le Plongeon se mostraban convencidos de que algunos habitantes de la Atlántida hubieran conseguido llegar hasta Centroamérica tras el hundimiento de la isla, ejerciendo luego una influencia decisiva sobre las culturas olmeca, tolteca, maya y azteca. Es cierto que los descendientes de los mayas han conservado una tradición acerca de una isla llamada Aztlán, supuestamente la patria original de todas las tribus indígenas centroamericanas, pero investigaciones del fondo marino realizadas en la zona de la dorsal mesoatlántica en los años cincuenta revelaron que ahí no pudo haber desaparecido ninguna isla, ni siquiera hace millones de años.

A partir de 1882 la Atlántida se convirtió en tema de conversación obligado para cualquier tertulia. Tal año, el novelista y erudito norteamericano Ignatius Donnelly publicó Atlantis, obra que conocería más de cincuenta ediciones y que sirvió de punto de partida para numerosas teorías posteriores. Donnelly estudió los enigmas de distintas culturas y elaboró a partir de tan misteriosos ingredientes una hipótesis irresistible: la Atlántida fue un continente entre Europa y América que se sumergió y que incluso llegó a constituir un puente terrestre entre ambos mundos.

Los principales datos que corroborarían su teoría son los siguientes: la lengua de los aztecas posee asombrosas semejanzas con la de los egipcios. (Esto no es exacto, dicen los escépticos; el parecido procede de una interpretación errónea de los signos de la escritura azteca). Los egipcios no fueron los únicos que construyeron pirámides; también los antiguos pueblos centroamericanos levantaron este tipo de estructuras, de modo que debió existir algún contacto entre ellos. (Tonterías, afirman los detractores de Donnelly; una forma geométrica tan elemental puede inspirar a cualquier arquitecto espontáneamente, sin que tenga que copiar de nadie). Las anguilas europeas y americanas migran hacia mar de los Sargazos para desovar y, después, las recién nacidas regresan a sus correspondientes lugares de origen, lo que prueba una remota procedencia común de estos animales en algún punto del centro del Atlántico. (Actualmente se sabe que todas las anguilas europeas permanecen en el Atlántico y que sólo las americanas se dirigen tanto hacia Europa como hacia América, de modo que no pueden tener ninguna memoria genética de algún antiquísimo continente centroatlántico).



Platón obtuvo la información para su relato de fuentes egipcias, lo que hace suponer una Atlántida mediterránea.

Pero de pronto salieron a relucir las verdaderas motivaciones de Donnelly en su búsqueda del continente perdido. "Los habitantes de la Atlántida", escribió, "fueron los padres de todas nuestras concepciones básicas sobre la vida, la muerte y el mundo. Su sangre corre por nuestras venas" y "cualquier peculiaridad de las razas, de la sangre, cualquier iluminación del pensamiento, conduce, en último término, de regreso a la Atlántida".

Igual que los soberanos de otros tiempos retrotraían su propio origen a un dios, así Donnelly y sus seguidores quisieron encontrar nuestras raíces en una raza de superhombres. Al norteamericano no debió parecerle digno que procedamos de unos peludos primates. Sin embargo estas ideas, que ahora nos parecen tan absurdas, explican en parte el porqué de la fascinación por la Atlántida. Y es que son muchas las civilizaciones que poseen leyendas sobre algún tipo de paraíso, un mundo antediluviano en el que la humanidad vivía en paz y prosperidad. Para los judíos era el Jardín del Edén; para los habitantes de los países del Norte, la isla de Avalon; y entre los griegos, este lugar idílico se encontraba en el Jardín de las Hespérides. Estos mundos idílicos nunca fueron reales, pero no por ello disminuyó el deseo de que lo hubieran sido.

La teoría que desde 1909 ha sumado más adeptos afirma que la Atlántida fue Creta a otra isla cercana, la de Santorini. Por consiguiente, la civilización atlante se identificaría con la minoica. Son muchos los datos que apoyan esta tesis. Para los antiguos egipcios, Creta constituía un lugar de interés a causa de su cercanía y su fuerza, aunque resultaba casi inaccesible debido a su ubicación en mitad del Mediterráneo. Por otro lado, la decadencia y caída de esta civilización encaja con el dramático final descrito por Platón: hacia el año 1500 a.C. una tremenda erupción volcánica en la isla de Thera (hoy llamada Santorini) originó terremotos, tsunamis y lluvias de cenizas que acabaron por dar el golpe de gracia a aquella cultura de la Edad del Bronce, que ya había sufrido anteriores seísmos.

La fecha es lo único que no concuerda, pues recordemos que, según Platón, la Atlántida debió florecer alrededor de 12.000 años atrás. Sin embargo, pudo ocurrir que el informador egipcio de Solón se hubiera basado para sus cálculos en uno de los calendarios lunares al uso en aquella época, confundiendo al griego, quien habría tomado los años lunares por solares. En tal caso, la fecha referida por el sacerdote sería el año 1200 a.C. aproximadamente, lo cual coincide, admitiendo un margen de tolerancia de dos o tres siglos, con la explosión de Thera.

En cualquier caso, por bien que suene esta hipótesis -desarrollada y defendida sobre todo por los investigadores griegos Angelos Galanopoulos y Spyridon Marinatos- también tiene sus puntos débiles. Así, la clasificación cronológica de los diferentes estilos cerámicos de la isla de Santorini demuestra que esta cultura sobrevivió al menos cincuenta años a la erupción del volcán. La Atlántida no se hundió, por tanto, en este lugar. Y menores son las posibilidades de que se tratara de la cercana isla de Creta; Cnosos, el centro de la cultura minoica, no se colapsó hasta algunos siglos después de la erupción del volcán y, como todos sabemos, la isla continúa en su sitio.



Entre África y América estableció Athanasius Kircher "la situación de la isla sumergida de la Atlántida, según la apreciación de los egipcios y la descripción de Platón".

Pero existen muchas otras teorías. Una de las más interesantes asegura que la Atlántida se encontraba frente a la costa de Florida. En una sesión de trance, el vidente norteamericano Edgar Cayce describió de una forma colorista y fantástica la vida en aquella antigua civilización, prediciendo, además, que una parte de ella sería encontrada en el año 1968. Y en efecto, un año más tarde de lo vaticinado se descubrieron en el fondo marino frente a las Bahamas ciertas estructuras aparentemente realizadas por la mano humana. La localización de la Atlántida en esta zona ya había sido propuesta por otros investigadores, que sin duda se remitían a los datos aportados por el geógrafo romano Marcelo, del primer siglo antes de nuestra era. Según él, el continente perdido habría estado integrado por siete islas pequeñas y tres grandes, la mayor de ellas de 1.000 estadios de diámetro, lo que equivale aproximadamente a 200 kilómetros.

¿Debemos, pues, buscar los restos de la Atlántida en el Caribe? La mayor de las islas antillanas, La Española, tiene un tamaño que coincide más o menos con el calculado por el sabio Marcelo. Sin embargo, estas especulaciones tienen muy poco que ver con la descripción de Platón. Por ello, comentaremos para terminar dos hipótesis que pueden considerarse originales y, al mismo tiempo, científicas.

El investigador Helmut Tributsch, profesor de química y arqueólogo aficionado, cree haber descubierto la civilización sumergida al sur de la Bretaña francesa, concretamente en la isla de Gavrinis, que se encuentra cerca de las yacimientos megalíticos de Carnac. Tributsch volvió a calcular cuidadosamente la fecha del hundimiento de la isla, concluyendo que la catástrofe tuvo que ocurrir en el 2200 a.C, época en que llegó a su fin la cultura megalítica europea.

Sin embargo, ¿no fue la Atlántida una inmensa isla, según Platón, incluso "mayor que Libia (Africa) y Asia juntas"? Tributsch nos brinda una sorprendente interpretación: esta isla no es otra que... ¡Europa! Nuestro continente está rodeado de agua por tres de sus lados. El cuarto límite, los Urales, era muy poco conocido en la antigüedad, de manera que, según las concepciones de los pueblos de entonces, también allí podría haber existido un océano, lo que convertiría a Europa en una isla.

Tributsch llegó a localizar la capital atlante, para lo que tuvo que evaluar por dónde discurría la línea de costa hace 4.000 o 5.000 años, cuando el nivel del mar era unos diez metros inferior al actual: bajo el agua, en el lugar antes mencionado, encontró una topografía que corresponde exactamente a la descrita por Platón. Incluso pensó haber hallado el templo de Poseidón reseñado por el sabio griego. Para él, la Atlántida no desapareció de golpe, sino que se fue hundiendo en las olas gradualmente.

Por su parte, el geólogo alemán Eberhard Zangger defiende una solución para el misterio que recuerda a las novelas de Agatha Christie: el personaje menos sospechoso es el culpable. Según él, la Atlántida fue una civilización poderosa y floreciente que sufrió el asedio de los helenos durante largos años, lo que finalmente provocó su caída. Su verdadero nombre: Troya. Desde luego, este pueblo existió sin ninguna duda, sólo que la capital citada por Homero no se encontraba en el Atlántico, sino en el Mediterráneo, en las costas de la actual Turquía. Ello no es problema para Zangger: en vez de identificar las Columnas de Hércules con Gibraltar, hay que hacerlo más bien con el estrecho de Dardanelos, que da entrada al mar Negro.

El cataclismo final. Asegura Platón que la civilización atlante fue aniquilada hace 12.000 años por un terremoto, como castigo divino por apartarse del buen camino.


Y el cataclismo que provocó la desaparición de la Atlántida? Los conocimientos de los historiadores sobre el final de Troya son exiguos. No obstante, Zangger ha descubierto que hacia el año 1200 a.C. se produjo un seísmo al suroeste de Atenas que pudo haber desencadenado un maremoto considerable. Las repercusiones que la catástrofe debió tener para Troya pueden coincidir con el relato de Platón sobre la caída del imperio atlántico, suponiendo un tratamiento muy liberal de los datos cronológicos.

¿Hemos llegado así al final de nuestra búsqueda? Mientras tengamos que basarnos exclusivamente en el incompleto a imperfecto texto de Platón nunca podremos señalar con seguridad dónde estuvo realmente la Atlántida. Suponiendo, claro, que se tratara de un mundo real, que no existiera sólo en nuestra imaginación, en donde representaría una isla de la felicidad que se inclinó por el odio y la violencia y fue condenada por ello a la desaparición. Una imagen tal es intemporal, sobre todo por lo que respecta a las esperanzas y anhelos que expresa, aunque también por su trasfondo moral. Y por eso quizá encontremos un día la Atlántida; pero no en la realidad, sino en nuestro corazón.


Lemuria Y El Imperio De Mu
Todo empezó en 1830, cuando el zoólogo inglés Philip Slater descubrió que los lémures, unos prosimios arborícolas, sólo viven en Madagascar y en Birmania. Esto le llevó a plantear la existencia en la era terciaria de un gigantesco continente -Lemuria- en el océano Índico, que habría servido de puente terrestre para estos animales. Sus ideas fueron más o menos aceptadas por los científicos de su época (aún faltaba mucho para que se elaborara la teoría de la deriva continental) y hubo alguno que incluso situó en el hipotético continente la cuna de la humanidad.

En un siglo donde hacían furor la magia y el esoterismo, la posibilidad de que el género humano descendiera de una raza extinguida mucho tiempo atrás excitó la imaginación de no pocos especialistas.

Así, en 1888, madame Blavatski, espiritista y fundadora de la llamada teosofía, publicó La doctrina secreta, obra según ella inspirada en los relatos de un viejo sabio hindú y en la cual describe la civilización de superhombres que habitaron Lemuria antes de su desaparición bajo las aguas del Índico.

Digno sucesor suyo en los años veinte fue el coronel del ejército británico James Churchward, quien afirmaba haber sido iniciado por un lama tibetano en el secreto del imperio de Mu. En esta ocasión el continente perdido, al que también llamaba Lemuria, estaba en el océano Pacífico, y lo habitaban nada menos que 65 millones de lemurianos.

Logros De Las Superrazas

¿Habitaron seres humanos en las selvas que ahora nosotros vemos transformadas en carbón? ¿Conocían técnicas que resultaban imposibles en aquellas épocas?¿Tenían conocimientos médicos que podían llegan incluso a operar a una persona?¿Cazaron dinosaurios?



Un ejemplar de la colección de objetos preincaicos del doctor Abner Weisman. Según él, muestra la figura de una mujer operada de cesárea.
Hacia 1880, en el estado de Colorado (EE.UU), un ranchero salió a buscar carbón de un filón existente en la ladera de una colina. El cargamento que recogió procedía de un lugar situado a unos 45 metros de la boca del filón, y a unos 90 ,metros por debajo de la superficie. Al regresar a casa empezó a partir los trozos de carbón, y de uno de ellos saltó un dedal de hierro. O por lo menos, se parecía a un dedal, y en la localidad pronto fue conocido con el nombre de «dedal de Eva». Tenía las mismas muescas que tienen los dedales modernos. El metal se deshizo en migajas al ser manoseado por los vecinos curiosos, hasta que finalmente se perdió.

Aún admitiendo que los indios utilizaran dedales de hierro en siglos remotos, el misterio subsiste, ya que el carbón del cual procedía este objeto se formó entre el período cretácico y la era terciaria, hace unos 70 millones de años. Y según la opinión de los expertos, la humanidad no existía aún: lo más parecido a seres humanos eran unos pequeños mamíferos parecidos al lémur que vivían en los árboles. La inteligencia humana aún no había aparecido, y por supuesto no cabe hablar de metalurgia del hierro.

En 1844, otro inexplicable artefacto de hierro era sometido a una investigación cuidadosa y detallada. Un bloque de piedra de 60 cm de largo, procedente de la cantera de Kingoodie, cerca de Dundee (Escocia), estaba siendo limpiado. Un clavo de hierro enmohecido fue hallado en el punto donde la piedra y la tierra se
los encontraban. El extremo puntiagudo del clavo se proyectaba poco más de un centímetro hacia la tierra, mientras que el resto reposaba sobre la superficie de la piedra, exceptuando los últimos 2,5 cm del extremo de la cabeza, clavados en ésta. Se estimó que el bloque se había formado hacía 60 millones de años.

De vez en cuando se han hallado objetos de decoración prisioneros en carbón o roca sólida. En 1852 fue dinamitada una masa rocosa en Dorchester (Massachusetts, Estados Unidos). Los obreros encontraron dos fragmentos de un objeto metálico entre los trozos de roca. Al juntarlos, formaron una vasija en forma de campana de 11 cm de alto por 16 cm de diámetro en la base. Parecía hecha de una aleación que contenía plata.



René Noorbergen, el principal propulsor de la teoría de una alta tecnología perdida.

El escritor René Noorbergen cita casos de objetos en lugares incomprensibles: por ejemplo, en 1891 la señora S. W. Culp, de lllinois, estaba extrayendo carbón cuando un trozo se rompió revelando una cadena de oro, situada en una cavidad en forma de lazo.

Uno de los objetos anacrónicos más famosos es el conocido como «cubo de Salzburgo»: en 1885, cuando un trabajador de una fundición de hierro de Austria estaba rompiendo trozos de carbón de Wolfsegg, halló un objeto de hierro de forma cúbica, aunque algo deformado. Noorbergen repite la descripción del objeto, que pronto fue muy conocido:

Los cantos de este extraño objeto fueron con anterioridad perfectamente rectos y definidos; cuatro de sus lados eran planos, mientras que los dos lados restantes, situados uno enfrente del otro, eran convexos. A media altura tenía una ranura bastante profunda.

En realidad, la forma del objeto, que se encuentra actualmente en un museo municipal cerca de la fundición donde fue hallado, no se parece en nada a un cubo: su única superficie plana es el resultado de una rodaja que le fue separada para ser analizada químicamente.

El análisis demostró que el metal no contiene níquel, cromo o cobalto, por lo que no puede tratarse de un meteorito, como se había pensado en un primer momento. Parece una especie de hierro forjado. La pregunta crucial es si realmente se formó en el seno de un trozo de carbón. Parece ser que el científico que investigó el cubo por primera vez y que sugirió que se trataba de un meteorito no intentó siquiera encontrar el trozo de carbón con la cavidad que había albergado al cubo. A falta de este dato decisivo, el cubo de Salzburgo recibió una publicidad del todo desproporcionada respecto a su valor intrínseco.

Existen otros varios relatos de objetos descubiertos en sitios inesperados. En 1967 se dijo que se habían encontrado huesos humanos en una vena de plata de una mina de Colorado. Una punta de flecha de cobre de diez cm de largo les acompañaba. Hubo acuerdo general en que el yacimiento de plata tenía millones de años y era, naturalmente, mucho más viejo que la humanidad.




Este cráneo encontrado en la Armenia Soviética tiene más de 4.000 años. Sin embargo, unos cirujanos taparon el agujero que tenía con un trozo de hueso de animal.

La Creation Research Society (Sociedad de Investigación sobre la Creación), fundada en los Estados Unidos, se dedica por convicciones religiosas a derrumbar la teoría convencional de la evolución de las especies.

En 1976 un periódico publicó la descripción de una cuchara que fue encontrada en 1937 mezclada con carbón blando de Pennsylvania. La cuchara fue hallada en una masa de ceniza de color marrón resultante de la combustión de un trozo grande de carbón. Al remover las cenizas apareció la cuchara, que posiblemente pudiera ser una reliquia del mundo antediluviano.

Se podría sacar la misma conclusión de una viejísima muestra de algo que parece escritura, descrita en el American Journal of Science en 1831. Un bloque de mármol extraído de la tierra a una profundidad mínima de 18 m fue cortado en láminas. Uno de los cortes mostró una incisión de 4 por 1,5 cm: constaba de dos «letras» parecidas a la í y la u. La regularidad de las letras da la impresión de que se trata de dos caracteres grabados por mano humana y de alguna manera conservados a través de míllones de años (durante los cuales se formó el mármol), mientras que todo rastro del edificio en que fueron grabadas, o de otros grabados adicionales, habría desaparecido.





Este cráneo de Neanderthal presenta un pequeño agujero lateral que por su limpieza parece una herida de bala. Y los destrozos del otro lado se parecen más a los producidos por un proyectil de alta velocidad que a los de una flecha o no lanza.

Sin embargo el hallazgo más espectacular en este sentido es una calavera que se encuentra en la actualidad en el Museo de Historia Natural de Londres. Pertenece a un hombre de Neanderthal y fue hallado cerca de Broken Hill (Zambia) en 1921. En el lado izquierdo de la calavera hay un agujero redondo de bordes planos. La limpieza de la herida sugiere que fue causada por un proyectil de alta velocidad, como una bala. En el lado contrario a esta herida la calavera está destrozada como por acción del proyectil al salir del cráneo. Un experto forense berlinés dijo que el agujero era idéntico a las heridas de bala que tan a menudo encuentran hoy en día los hombres de su profesión. Sin embargo los restos fueron hallados a 18 m de profundidad. Era imposible que los procesos geológicos naturales la cubrieran a tal profundidad si la víctima hubiese muerto hace sólo unos siglos, cuando las armas de fuego llegaron por vez primera a África Central.

Este objeto enigmático no es único. La calavera de un uro (tipo de bisonte extinguido) que fue encontrada cerca del río Liena, en la URSS, presenta un agujero perfectamente redondo y pulido, parecido a una herida de bala. El uro vivió aún muchos años después de resultar herido. Estas calaveras sugieren la sorprendente posibilidad de que hace muchos milenios la agresividad humana tuviera a su disposición instrumentos más sofisticados que simples hachas de sílex.

Pero las técnicas de curación pudieron estar avanzadas en la misma proporción. Se sabe muy poco sobre la medicina prehistórica: todo lo que sabemos se reduce prácticamente a los testimonios de operaciones de cirugía en los huesos, y éstas evidencian que hace ya más de 4.000 años se llevaban a cabo operaciones cerebrales a corazón abierto.

Cerca del lago Sevan, en la Armenia Soviética, se han encontrado esqueletos de un pueblo llamado los jurits, al parecer del año 2000 a.C. En una de las calaveras de mujer se encontró un agujero de unos seis cm, consecueneia de una herida hecha en vida. Los cirujanos habían insertado un pequeño tapón de hueso de animal y la mujer sobrevivió. Su propio cráneo creció en parte alrededor del injerto.

Otra calavera jurit presentaba una herida más grande producida por un golpe. Los cirujanos cortaron una zona de la calavera alrededor de la herida para extraer las astillas del cerebro. Este paciente también sobrevivió. El profesor Andronik Jagharian, que estudió las calaveras, comentó: «Considerando la antigüedad de los instrumentos que tenían que utilizar los médicos, se puede afirmar que técnicamente eran superiores a los cirujanos actuales.»

También se encontraron muestras de cirugía craneal y en las costillas en unos esqueletos procedentes de Asia Central estudiados en la Universidad de Ashjabad. Había muestras evidentes de que el tratamiento quirúrgico se había realizado a corazón abierto.

René Noorbergen, que cita estos casos, cree que son una prueba de que esta gente estaba en contacto con civilizaciones más avanzadas técnicamente. Puede ser que aprendieran a efectuar estas operaciones quirúrgicas o que confiaran el trabajo a misioneros. Según él, las civilizaciones de las que proceden los esqueletos citados eran incapaces de desarrollar estas técnicas por sí mismas. Noorbergen continúa con la descripción de unas figuras de piedra y unos grabados hallados en los Andes y muy anteriores a los Incas. Algunos de los grabados representan a víctimas de alguna enfermedad, y tienen signos de viruela, cáncer y artritis. Pudiera tratarse de modelos de estudio, o quizá tuvieran un objetivo meramente ritual.



El profesor Andronik Jagharian comentó que los cirujanos preshitóricos poseían una técnica superior a la actual.

Aunque no existe en los anales de la arqueología una evidencia irrevocable de la existencia de antiguas superrazas que pudieran haber sido la fuente de las técnicas quirúrgicas prehistóricas, el hecho no significa necesariamente su imposibilidad.

A menudo se ha dicho que las pruebas en forma de fósil en las cuales, confiadamente, se basa la teoría de que el hombre desciende del mono cabrían en una habitación grande. Unos pocos nuevos descubrimientos serían suficientes para derribar todo el edificio. En sus intentos de hacer precisamente esto, la Sociedad de Investigación sobre la Creación señala el ejemplo de unas pisadas fósiles que contradicen del todo la opinión ortodoxa

Se supone que los dinosaurios se extinguieron hace unos 70 millones de años. Sin embargo, en el lecho del río Paiuxy, en Texas, se encontraron huellas fósiles de dinosaurio junto a lo que parecen ser verdaderas huellas humanas, a pesar de su longitud (38 cm).

Tallar hachas de pedernal y cuchillos es un aspecto de la «técnica antigua» mucho más familiar para el estudiante académico. Sin embargo entre los miles de utensilios de sílex que se han encontrado desde que la arqueología se convirtió en disciplina científica figuran algunos objetos desconcertantes: los llamados «pedernales de pigmeo», hallados en Inglaterra, Sudáfrica, Australia y la India. Se trata de diminutos pedernales (unos seis mm) tallados en forma de taladros puntiagudos, raspadores y cuchillos, que denotan una gran habilidad artesanal.

El término «pedernal de pigmeo» es evocador, pero aunque esta raza africana es muy pequeña en comparación con la estatura media actual, no hay ninguna prueba de que los antiguos habitantes de Gran Bretaña tuviesen estatura de pigmeo, o de que fueran enanos o hadas. Por otro lado, ¿de qué utilidad podían ser estas minúsculas herramientas a alguien de estatura comparable a la nuestra?.

Rompecabezas Del Pasado

¿Utilizaron los Incas de Perú bulldozers para construir sus ciudades? ¿Inventaron los antiguos egipcios la televisión? Explorar la antigua tecnología depara grandes sorpresas.


Miniatura de una supuesta máquina excavadora de los Incas de Perú.
Uno de los antiguos artefactos cuya función ha sido reinterpretada por autores contemporáneos es una pequeña figura que fue clasificada como un jaguar de juguete cuando fue encontrada en Panamá hacia los años veinte. Sin embargo, si consideramos la sugerencia de que esta figura es en realidad una máquina excavadora, como nuestros actuales bulldozers, entonces el objeto adopta una apariencia diferente. A pesar de la antigüedad del modelo, los curiosos apéndices triangulares empiezan a parecernos ahora palas de brazos mecánicos. Las ruedas dentadas que están montadas sobre la cola del modelo parece como si fueran a engranarse con cadenas o correas.

A pesar de todas estas conjeturas, los escépticos señalan que la construcción de una excavadora de tamaño normal exigiría unos considerables recursos tecnológicos -para fundir el hierro, por ejemplo, y para fabricar las piezas grandes de la máquina- de los cuales no se ha encontrado absolutamente ninguna prueba.

Los autores que hablan acerca de este invento no dudan en conectarlo con hazañas tan prodigiosas como la construcción de la ciudad «perdida» de Machu Picchu, edificada a 2.100 metros sobre el nivel del mar en los Andes peruanos. Afirman también que seguramente fue necesaria una maquinaria considerable para mover las grandes cantidades de tierra y de piedra precisas para la construcción de dicha ciudad. Pero este argumento tampoco parece tener mucha solidez: es bastante probable que estas grandes proezas no requieran más que una gran fuerza física.

Otra identificación más fantasiosa se ha llevado a cabo al descifrar un grabado en la pared del templo egipcio de Dendera. fechado entre los años 300 y 30 a.C., y dedicado a la diosa Hathor. Según el periodista norteamericano René Noorbergen, una «caja» que hay en el dibujo contiene una imagen de la cabeza de Horus, dios solar y símbolo de la energía divina. La cabeza sostiene un disco en forma de Sol, lo cual «identifica la caja con la fuente de energía». Un «cable» eléctrico conecta la caja con dos objetos que, según afirma Noorbergen, son tubos de rayos catódicos, dispositivos que, según se ha creído hasta ahora, fueron inventados a finales del siglo XIX y constituyen los precursores del tubo de televisión. Un tubo de rayo catódico contiene un espacio vacío, y, cuando está funcionando, una lluvia de electrones corre a lo largo del mismo, desde un cátodo caliente, o un polo eléctrico negativo, hasta un ánodo, o un polo positivo en forma de pantalla fluorescente situado en el otro extremo del tubo. Noorbergen afirma que el «cable» del grabado de la pared se dirige hacia un cátodo en cada uno de los supuestos tubos. En cada tubo hay una serpiente que se extiende a lo largo de cada cátodo y que representa la corriente de electrones (parece ser que Noorbergen no aprecia ningún ánodo, o polo positivo, que sería indispensable en un tubo de tales características).


El Mandril y El Cuchillo
Una de las serpientes está situada a lo largo de todo el tubo. La cabeza de la otra serpiente está doblada hacia un lado apartada de la figura de un mandril sosteniendo un cuchillo. Noorbergen sostiene que esto muestra cómo un haz de electrones es desviado por un objeto cargado eléctricamente (el cuchillo). Así pues, el dibujo hace una demostración de las propiedades de los electrones.

Las serpientes simbolizan haces de electrones; el disco en forma de Sol simboliza un generador eléctrico; pero, ¿qué simboliza el mandril? Noorbergen da aquí muestras de escasa imaginación y se atreve a afirmar que, para llevar a cabo el experimento, se amaestró a un verdadero mandril.



Figuras de la Puerta del Sol de Tiahuanaco, en el altiplano andino de Bolivia.

La tesis de Noorbergen es, en opinión de mucha gente, un tanto inverosímil. El astrónomo Carl Sagan se burla de aquellas personas que se afanan en encontrar proyectos de ingeniería en obras de arte a las que generalmente se atribuye un significado meramente ceremonial o religioso. Él mismo ha observado algo que se asemeja a un vehículo anfibio en las esculturas del Templo del Sol en Teotihuacán, en México. Sin embargo, no ha pensado ni por un momento que pueda representar otra cosa que el dios de la lluvia, tal y como afirman los arqueólogos. Y no es que resulte extraño hallar un vehículo anfibio en aquella sociedad, pero sí es demasiado prosaico, demasiado parecido a los vehículos corrientes que encontramos en nuestro propio siglo. Tales interpretaciones son sospechosas porque convierten a la gente del pasado en seres demasiado parecidos a nosotros. Sagan dice acertadamente que «estos artefactos son, de hecho, tests de proyección psicológica. La gente ve en ellos lo que desea ver».

Conviene recordar lo misteriosas que son las costumbres de las culturas desconocidas, la gran importancia atribuida a actividades que nosotros no podemos explicar y el enorme trabajo dedicado a ellas. Esparcidos por los bosques de Costa Rica encontramos ejemplos sorprendentes.



El doctor Samuel Lothrop y su esposa ante una de las enormes esferas de piedra que encontraronen las selvas de Costa Rica durante los años cuarenta.

Cuando la zona de Diquís estaba siendo despejada para realizar plantaciones hacia los años treinta, los trabajadores vieron interrumpida su labor por cientos de piedras esparcidas por el suelo del bosque, que parecían haber sido alisadas artificialmente. Las más grandes tenían aproximadamente unos dos metros y medio de diámetro y constituían esferas casi perfectas. Las piedras, originariamente de forma irregular, eran pulidas con piedras más pequeñas y con arena mojada que actuaba como medio abrasivo. Su forma debía de comprobarse constantemente por medio de unas plantillas exactas recortadas. Todo este proceso requería sin duda un trabajo paciente por parte de un gran número de personas y durante un largo período de tiempo.

Después, las piedras -algunas de las cuales pesaban 16 toneladas- tenían que ser arrastradas desde el lugar de donde habían sido extraídas (posiblemente en la desembocadura del río Diquís), hasta sus lugares de destino, quizá a 48 kilómetros de distancia. A menudo eran colocadas en grupos o en líneas rectas o curvas. Algunas han sido halladas encima de tumbas humanas. Sin embargo, se desconoce por completo el propósito de este enorme esfuerzo. Algunos especulan que las piedras representan el Sol, la Luna a otros cuerpos celestes; otros piensan que son símbolos de la perfección.


Pistas Contradictorias


Esta calavera de cuarzo fue encontrada en Honduras Británica en 1927. Sólo existe otra igual conservada, en el Museo de la Humanidad de Londres.

No existe ninguna técnica para determinar la fecha en la cual las piedras fueron labradas. A veces surgen pistas, pero suelen ser contradictorias. Así pues, no sabemos quiénes fueron los constructores de las extrañas esferas, ni cuál fue su propósito.

También se necesitó de un enorme y paciente trabajo de pulido para esculpir las espléndidas facciones del cráneo de cuarzo de tamaño natural encontrado en Honduras Británica por el explorador británico F. A. Mitchell-Hedges en 1927. El la describe así:

La «Skull of Doom» (la Calavera de la Muerte, o del Juicio Final) está hecha de cristal de roca puro y, según los científicos tardó en ser construida unos 150 años. Generación tras generación, todos fueron trabajando durante todos los días de sus vidas frotando con arena un enorme bloque de cristal de roca hasta que apareció por fin la calavera perfecta... Se dice que cuando el sumo sacerdote de los mayas invocaba a la muerte con la ayuda de esta calavera, ésta invariablemente se presentaba. La calavera ha sido descrita como la personificación del mal.

Acaso algunas de estas afirmaciones las inventó el propio Mitchell-Hedges. Se ha conjeturado incluso que podría haber mandado fabricar la «Calavera de la Muerte» para hacerle un regalo a su hija el día de su cumpleaños. Fue ella precisamente quien la encontró debajo de un altar en la ciudad maya de Lubaantum el día en que cumplía 17 años.

Algunos de los detalles de la calavera se han considerado como increíblemente modernos y naturalistas. El crear unos objetos tan cuidadosamente modelados a partir de una sustancia tan extremadamente dura como el cuarzo requería sin duda una larga dedicación, a menos que los mayas tuvieran a su disposición unas técnicas que nosotros ignoramos que poseyeran. De hecho, a menudo se insinúa que los antiguos albañiles deben haber poseído instrumentos más eficaces para cortar que los que se han hallado. Así pues, quizás los escultores que trabajaban a una escala más pequeña no estaban, después de todo, condenados a pasarse años puliendo tal y como afirmaba MitchellHedges.

Se desconoce la función que desempeñaban las calaveras de cristal, aunque se ha sugerido que podrían haber desempeñado un papel primordial en los rituales más significativos de algunos templos. Pero tales conjeturas sólo sirven para enmascarar nuestra total ignorancia acerca de las motivaciones de los antiguos artesanos.


¿Cómo Se Construyó Sacsahuamán?


Fortaleza de Sacsahuamán

De entre las muchas maravillas que posee el Perú prehispánico, quizá la que ha suscitado más interrogantes sea la fortaleza de Sacsahuamán, que domina la ciudad de Cuzco, antigua capital incaica. Se trata de un vasto complejo de baluartes, casas, altares, anfiteatros y acueductos en gran parte destruido (sirvió de cantera para la construcción de la catedral de Cuzco y para numerosas casas coloniales), pero cuya grandiosidad sigue haciéndolo sobrecogedor y, en gran parte, inexplicable.

Sacsahuamán era en realidad un palacio, el palacio-templo del Sol, y constituía una de las principales residencias del inca. Sin embargo su excelente situación estratégica hizo que los españoles creyeran que se trataba de una fortaleza, y que esporádicamente los propios habitantes de Cuzco lo destinaran a este fin. Algunas leyendas atribuyen su fundación al propio Manco Cápac, el primer y mítico inca. Se ha calculado que en su construcción participaron más de 20.000 hombres.

Los datos que recogieron los cronistas en la época de esplendor del palacio contienen rasgos extremadamente curiosos e intrigantes. Al parecer, el torreón central, de 4 ó 5 pisos y forma cilíndrica, estaba totalmente recubierto de planchas de oro; además, a toda la construcción subyacían un verdadero laberinto de callejas y pasadizos subterráneos y un perfecto sistema de canalizaciones herméticas por las cuales llegaba el agua desde emplazamientos que permanecieron siempre secretos.

Pero no son éstas las características más impresionantes de Sacsahuamán; las supera, sin duda, su triple muralla megalítica en forma de zigzag, construida con enormes bloques de piedra caliza de hasta 130 kg de peso y más de 5 metros de altura. Estas cifras hablan ya de las dificultades que una empresa así debió de representar para una sociedad que no conocía la rueda; pero, además, la exactitud del ensamblamiento antisísmico de las piedras hizo que los cronistas, asombrados, atribuyeran a Sacsahuamán un origen sobrenatural.

Es evidente que ni siquiera el alto grado de organización social del imperio incaico puede explicar la construcción de esos baluartes, y mucho menos su misteriosa forma (tres serpientes paralelas). El cronista Pedro Sancho de la Hoz aseguró «que nadie que los vea no diría que hayan sido puestos allí por manos de hombres humanos, que son tan grandes como troncos de montañas».

Efectivamente, los primeros testigos españoles hablaban ya de la absoluta carencia de herramientas para trabajar esas piedras. Muchos, posteriormente, han insinuado que se trata de una construcción mucho más antigua que lo que se ha pretendido, y que parece implicar la existencia de una superraza desconocida. Otros han sugerido que sus constructores poseían la fórmula de un líquido capaz de ablandar la piedra, y que de esta manera no necesitaron ningún tipo de amalgama para mantener unidos los bloques. Tampoco se ha podido determinar la función de las ménsulas que se aprecian encima de algunos de los bloques, ni cómo funcionaban sus puertas levadizas...

Sacsahuamán permanece pues como testimonio de una tecnología insólita, con sus asombrosas piedras que hicieron «imaginar y aun creer» al inca Garcilaso de la Vega «que son hechas por vía de encantamiento y que las hicieron demonios y no hombres».


¿Inoxidable?


Columna de hierro «inoxidable» de Mehauli en la India.

La columna de hierro «inoxidable» de Mehauli en la India, ha atraído la atención de Erich von Däniken:
«En el patio de un templo de Delhi, en la India, hay... una columna hecha de trozos de hierro soldados que ha sido expuesta al desgaste durante más de 4.000 años sin mostrar nunca ni rastro de oxidación, ya que no contiene ni azufre ni fósforo. Tenemos frente a nosotros, pues. una extraña aleación. Quizá la columna fue levantada por un grupo de ingenieros que no disponían de recursos para construir un edificio colosal, pero que querían legar a la posteridad un monumento visible que desafiara al tiempo...»

Es justo decir que después de este relato Von Däniken ha declarado que sus conclusiones no eran correctas. Esto no nos sorprende mucho, ya que su relato falla en algunos puntos importantes. La columna de hecho, consta de una sola pieza de hierro puro y no de varios trozos soldados de una misteriosa aleación. Erigida en el siglo V d.C., la columna pesa más de seis toneladas lo que resulta curioso es que en Europa no pudo haberse construido ni una sola pieza de un tamaño similar hasta finales del siglo XIX.

Tecnología Antigua: Un Catálogo De Objetos Curiosos

Muchos de los hallazgos descubiertos en la antigüedad no han encontrado aún una respuesta a sus enigmas. ¿Fue Alessandro Volta la primera persona que ideó la batería eléctrica? ¿Fueron los hermanos Wright realmente los primeros en volar?. Nuestros remotos antecesores contaron con una tecnología mucho más avanzada de lo que imaginamos...


Este modelo de planeador fue construido en Egipto hacia el año 200 a.C.
En un museo de El Cairo se exhibía un pequeño modelo de madera. Nadie tenia dudas acerca de lo que representaba: una simple ojeada bastaba para distinguir las alas, el plano de deriva, la cola y el sólido y voluminoso cuerpo de algún tipo de avión. El cuerpo de este modelo tenía una longitud de algo menos de 15 centímetros y su envergadura era algo mayor de 18 centímetros, Había sido construido con madera de sicómoro, muy ligera, y cuando uno lo disparaba al aire con la mano, volaba una corta distancia.

El ver un modelo como éste en un museo de ciencia no hubiera sido una sorpresa. Sin embargo este modelo ocupaba un lugar privilegiado en el Museo de Antigüedades de El Cairo, y estaba fechado alrededor del año 200 a.C.

Esta pieza antigua constituye un desafío notorio a nuestras ideas acerca del desarrollo de la tecnología. Y es tan sólo uno de los innumerables enigmas que replantean la discusión acerca de los conocimientos científicos y de ingeniería de nuestros antepasados.

Cuando en 1898 -cinco años antes de que los hermanos Wright llevaban a cabo con éxito su primer vuelo a motor- se encontró este modelo en una tumba de la antigua ciudad egipcia de Saqqara, nadie lo relacionó con la idea del vuelo artificial. Fue almacenado en una caja que contenía figuras de pájaros. En 1969 lo redescubrió el doctor Kahlil Messiha, y quedó asombrado, dada su evidente semejanza con un avión moderno.

Un comité de expertos arqueólogos e ingenieros aeronáuticos estudiaron el modelo. Destacaron el arco de sus alas -la curvatura de la superficie superior que ayuda al avión a elevarse- y la inclinación hacia abajo de los extremos de las mismas, que proporciona estabilidad. Llegaron a la conclusión de que la pieza era un modelo a escala de un avión de tamaño normal. Debía tratarse de un «planeador motorizado» diseñado para transportar pesadas cargas a poca velocidad, probablemente a menos de 95 km/h. Podría haber sido impulsado por un motor montado en la parte trasera, en el lugar donde ahora la cola del avión aparece rota.

El comité estaba tan convencido de la importancia de su hallazgo, que lo colocaron en lugar destacado en el Museo de El Cairo. En otras tumbas se encontraron más de una docena de «planeadores» similares. ¿Podía tratarse verdaderamente de modelos de antiguos aviones?

El escepticismo que la mayoría de las personas expresan respecto a la idea de antiguos aeronautas -posiblemente tan chocante como la idea de antiguos astronautas- sufrió un duro golpe cuando se descubrió que también en América, es decir, en el otro lado del mundo conocido, se habían hallado modelos aéreos pertenecientes al primer milenio después de Cristo.



Objetos ornamentales de oro, originarios de Sudamérica, entre los siglos V y VIII d.C. El de la izquierda presenta un gran parecido con un moderno avión a reacción provisto de alas en forma de delta.

Los supuestos modelos de aviones que han salido a la luz son una serie de pequeños objetos ornamentales de oro, encontrados en Colombia, Costa Rica, Venezuela y Perú. Un ejemplar fue descubierto en una colección de objetos de arte antiguos de Colombia por Iván T. Sanderson, jefe de la Sociedad para la Investigación de lo Inexplicado, en Estados Unidos. Se trataba de un colgante de 5 centímetros de longitud. Los arqueólogos colombianos lo habían clasificado de «zoomorfo», es decir, con forma de animal. Sin embargo, se parece mucho más a un avión de caza a reacción con alas en forma de delta, que a cualquier tipo de animal o pájaro. Posee unos apéndices triangulares que se parecen muchísimo a las alas de varios tipos de modernos aviones supersónicos, una cola pequeña y vertical, un plano de deriva, y a un lado de éste hay incluso lo que parece ser un emblema. No obstante, este objeto ornamental se atribuye a los sinu, un pueblo preincaico que floreció desde el siglo V hasta el siglo VIII d. C.

Estos objetos se parecen a los aviones a reacción; pero, ¿hasta qué punto nos sirve de guía esta constatación? El emblema del plano de deriva del modelo colombiano se parece a la letra B semítica. Algunos escritores han pasado de este simple hecho a la conclusión de que este modelo procedía del Oriente Medio.

Interpretaciones poco fundadas como esta última pueden llevar a algunas personas a recelar de todas las afirmaciones arriesgadas acerca de objetos antiguos. No obstante, es absolutamente necesario prestar atención a los descubrimientos de objetos que «funcionan» y cuya fecha nos parece imposible. El planeador de Saqqara constituye un ejemplo; igualmente impresionante es la «batería de Bagdad» .



Electricidad Antigua


Batería de Bagdad

La parte exterior de la batería consiste en una simple vasija de barro, de algo menos de 15 centímetros de altura. Está taponada con betún en el que se ha montado un cilindro de cobre que penetra en la vasija unos 10 centímetros. El cilindro consta de tiras de cobre soldadas, y está cubierto con una tapa de cobre. En el interior del cilindro se encuentra una varilla de hierro, que se ha corroído adrede tratándola con algún ácido. Esta vasija fue hallada en Bagdad, y por lo visto data de la época de la dominación de los partos en esta parte de Iraq, que duró desde 250 a.C. hasta 224 d.C.

Cuando en 1937 el arqueólogo Wilhelm Köning descubrió casualmente esta pieza en un museo de Iraq, inmediatamente se dio cuenta de cómo podría utilizarse para generar voltaje eléctrico. Experimentos realizados algunos años después con réplicas modernas del aparato confirman que pudo ser utilizado con este fin. Para generar voltaje era necesario poner dentro del cilindro un líquido adecuado. Podría haberse utilizado una gran variedad de líquidos, incluyendo el ácido acético o ácido cítrico (los constitutivos básicos del vinagre y del zumo de limón, respectivamente) o una solución de sulfato de cobre. Esto habría generado un voltaje de 1 ½ a 2 voltios entre el cilindro de cobre y la varilla de hierro. Uniendo una serie de elementos de este tipo (formando una «batería» en el sentido estricto de la palabra) se podría haber aumentado sustancialmente el voltaje.




El doctor Arne Eggebricht ha demostrado, mediante un modelo, que la batería podría haber sido utilizada para galvanizar con oro pequeñas figurillas.

Lo más probable es que los partos usaran la electricidad para la galvanoplastia. El arte de dorar figurillas databa ya de siglos antes de esta época. Puede que la batería se utilizara para producir voltaje entre la estatuilla de metal y un lingote de oro mientras se sumergía a ambos en un electrolito. El oro era transportado a través del líquido y se depositaba sobre la superficie de la figura en forma de fina capa.

El saber cómo generar una corriente eléctrica podría haber sido un descubrimiento aislado. Los antiguos conocían la electricidad estática: sabían que al frotar el ámbar (en griego, «elektron») éste atraía objetos ligeros, como pelos o polvo. La técnica de generar corriente eléctrica -es decir, carga eléctrica en movimiento- podría haber sido un descubrimiento igualmente accidental y aislado. Parece que ninguno de los dos descubrimientos condujo a un mayor desarrollo técnico ni al estudio de las causas del fenómeno, a pesar de que algunos entusiastas afirman que los partos -y antes que ellos los egipcios- empleaban luz eléctrica.

Sin embargo, en la tecnología del pasado existen suficientes anomalías, seriamente acreditadas, para que podamos estar seguros de que algunos de nuestros antepasados llegaron a niveles tecnológicos asombrosamente altos.

En el año 1900 unos buceadores encontraron los restos de un barco de al menos 2.000 años de antigüedad, cargado de tesoros y procedente de la isla griega de Anticitera. Contenía estatuas de bronce y mármol, y es posible que estuviera viajando hacia Roma cuando naufragó (alrededor del año 65 a.C.). Entre su cargamento se encontró una masa de madera y bronce. El metal estaba tan corroído que tan sólo pudo verse con dificultad que se trataba de ruedas de engranaje y escalas grabadas. Pero en 1954 Derek J. De Solla Price, de la universidad de Cambridge, pudo finalmente deducir que se trataba de un antiguo mecanismo de cálculo análogo, mucho más adelantado que todo lo que hubo en Europa por espacio de varios siglos. En realidad, cuando estaba nuevo, el mecanismo «debió de parecerse mucho a un buen reloj mecánico moderno».



Mecanismos de un «reloj calendario» de hace al menos 2.000 años.

El mecanismo estaba compuesto de por lo menos 20 ruedas de engranaje, apoyadas en una serie de placas de bronce, todo ello montado dentro de una caja de madera. Cuando se daba vueltas a un mango que atravesaba el lado de la caja, las manecillas se movían a velocidades diferentes sobre esferas protegidas por unas puertecillas. Las inscripciones explicaban cómo manejar el aparato y cómo interpretar lo que marcaban las esferas.

El mecanismo indicaba el movimiento de los cuerpos celestes: el Sol, la Luna y los planetas que pueden verse sin ayuda de aparatos ópticos, como Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Señalaba sus posiciones relativas en el cielo con gran exactitud. Las manecillas indicaban también la hora.

En palabras de Price, «en ningún lugar se ha conservado nada similar a este instrumento. De ningún texto científico o alusión literaria se conoce nada comparable a esto». Continúa diciendo que «parece probable que la tradición de Anticitera formara parte de un amplio corpus de conocimientos que se perdió para nosotros, pero que conocieron los árabes», ya que siglos más tarde éstos construyeron calendarios mecánicos a inspiraron a los constructores de relojes de la Europa medieval.

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿es posible que este corpus de conocimientos contuviera algo más? ¿Es posible que los antiguos dominaran unas fuerzas, benévolas o malévolas, que no han permanecido vivas en la memoria de sus descendientes?.

Qué Sucedió En Hanging Rock

El melancólico paisaje australiano, rico en antiguos símbolos, fue en el año 1900 escenario de la misteriosa desaparición de un grupo de colegialas que participaban en una merienda campestre.



La funesta excursión tuvo lugar, al parecer, en el día de San Valentín de 1900. El cocinero de la escuela había preparado un «hermoso pastel helado en forma de corazón».

El día de San Valentín de 1900 amaneció soleado y hermoso en el pueblo de Woodend, cerca de Melbourne (Australia). Era el día de la excursión anual en el colegio para señoritas Appleyard, sitio en las afueras del pueblo, y a primera hora de la mañana un grupo de alumnas y profesoras de dicha escuela salieron con la intención de efectuar un almuerzo campestre en un hermoso paraje local. Al final del día cuatro personas habían desaparecido; tres de ellas no volverían a ser vistas nunca más.

Esta extraña historia se ha convertido en un episodio célebre, tan misterioso como el caso del buque abandonado, el Mary Celeste. Se ha convertido en tema de incontables teorías, numerosos artículos de revistas, al menos dos libros y una película, Picnic at Hanging Rock (1975). Pero como en tantos otros misterios históricos, lo acontecido en Hanging Rock no es todo lo que aparenta ser.

La historia nos cuenta que el grupo de chicas y profesoras partió en un coche alquilado para dirigirse a Hanging Rock a celebrar su almuerzo campestre anual. Un típico lugar de excursión al que solía acudir la gente de principios de siglo era una insólita formación geológica llamada Hanging Rock. Esta formación de origen volcánico y de varios millones de años de antigüedad se levanta majestuosamente unos 150 metros por encima de la llanura en que está emplazada, y culmina con la mezcla de piedras y monolitos en equilibrio que le dieron su nombre (Hanging Rock significa, en inglés, «roca que se balancea»). Muy cerca de la base de la roca había un buen lugar para comer y descansar, consistente en algunas improvisadas mesas de piedra y un adecuado y discreto servicio de lavabos.

El grupo escolar estaba compuesto por 19 chicas, la mayoría adolescentes; y dos profesoras; mademoiselle Diane de Poitiers, la más joven de las dos, enseñaba francés y danza, y Greta McCraw, una solterona escocesa de mediana edad, era la profesora de matemáticas. El otro adulto del grupo era Ben Hussey, conductor del coche alquilado por el colegio. Mistress Appleyard, la directora, no formaba parte de la expedición.

El grupo partió temprano aquel sábado por la mañana para cubrir los siete kilómetros que mediaban hasta el lugar del almuerzo, y llegaron poco antes del mediodía. El día era cálido y soleado, y después de comer la mayoría de las chicas dormitaban apaciblemente a la sombra de los árboles y las rocas. Algo más allá, al otro lado de un pequeño riachuelo que fluía de la pared de la roca, se había instalado otro pequeño grupo. Estaba compuesto por el coronel Fitzhubert (veterano del Ejército de la India, ahora retirado a climas más suaves), mistress Fitzhubert, su sobrino, el honorable Michael Fitzhubert (de visita y proveniente de Inglaterra) y el lacayo Albert Crundall.



Un Paraje Traicionero


Clyde College, colegio para señoritas trasladado de un suburbio de Melbourne a este edificio de Woodend en 1919.

Hacia las tres de la tarde, tres de las chicas mayores pidieron permiso a la profesora de francés para explorar la roca. Las tres jóvenes -Irma Leopold, Marion Quade y una muchacha a la que se recuerda simplemente como Miranda- tenían todas diecisiete años y destacaban por ser sensatas y responsables. Tras un breve comentario entre los adultos (durante el cual se observó que los relojes de Ben Hussey y de miss McCraw se habían parado a mediodía), se acordó dejarlas ir. Posteriormente dieron también permiso a Edith Horton, una chica más joven, de catorce años, para acompañarlas. Se advirtió a las cuatro que no subieran demasiado por la roca, que procuraran evitar los riscos, cuevas y precipicios, y que tuvieran cuidado con las serpientes, arañas y otros bichos peligrosos.

Las muchachas se alejaron de la zona de picnic, cruzaron el riachuelo y se perdieron de vista hacia las 3:30 de la tarde. Michael Fitzhubert y Albert Crundall, que estaban sentados junto al riachuelo, las vieron pasar; Irma iba delante, seguida de Marion, Miranda y Edith. Albert soltó un silbido piropeándolas, y Mike se levantó con la intención de seguirlas, pero desistió después de andar sólo unos metros, cuando ellas desaparecieron tras unos árboles.



En una escena de la película Picnic at Hanging Rock (1975), las alumnas del colegio Appleyard brindan por el día de San Valentín ante el amenazador telón de fondo de la roca. A las pocas horas, tres de los miembros del grupo iban a desaparecer para siempre.

En el lugar de la merienda todos dormían. Hacia las 4:30, Hussey deseaba ya reunir a todo el personal. Él y mademoiselle de Poitiers se dieron cuenta de que faltaba también miss McCraw; nadie la había visto marchar, pero se creía que había seguido a las chicas exploradoras. El grupo de Fitzhubert acababa de recoger sus cosas y se había marchado.

Irritados al principio y después cada vez más consternados, Hussey y mademoiselle de Poitiers buscaron a las ausentes. Hussey organizó a las chicas para que buscaran por parejas, dando voces a cada momento. Un rastro de helechos partidos y arbustos torcidos llevaba del este a la cara sur de la roca, pero más allá, donde empezaba el terreno propiamente rocoso, los rastros iban desapareciendo.

Los alarmados excursionistas buscaron durante casi una hora; hacia las 5:30, Edith Horton salió medio atontada de los matorrales del lado suroeste de la roca. Gritaba histéricamente y no pudo contar a los que la interrogaban nada de lo que había pasado. No había ninguna señal de Miranda, Irma, Marion y miss McCraw.

Al llegar la noche, los dos adultos decidieron reunir a las chicas que quedaban y volver al colegio. A la vuelta, se detuvieron en la comisaría de Woodend, donde Hussey informó de lo acontecido al agente Bumpher.

Al día siguiente, domingo, se inició una búsqueda activa de las mujeres que faltaban. Se pensaba que las muchachas y su maestra simplemente se habían perdido en el bosque, y la policía alistó a una serie de voluntarios, entre los cuales se hallaban Mike Fitzhubert y Albert Crundall, para buscarlas en la roca. Esta no fue tarea fácil, puesto que Hanging Rock es una zona traicionera, repleta de cuevas y abismos (tradicionalmente se creía que no tenían fin) cubiertos de espesos matorrales. Al cabo de un día de búsqueda, nada se había encontrado.

Mientras tanto, el médico de Woodend, el doctor McKenzie, examinaba a Edith Horton. Parecía sufrir una leve conmoción y presentaba numerosos cortes, arañazos y magulladuras debido a su carrera entre los matorrales, pero no heridas graves. No podía recordar nada de cuanto vivió en la roca. Sin embargo, a la semana siguiente, el miércoles, fue interrogada por el agente Bumpher, a quien inusitadamente reveló que cuando volvía había pasado cerca de miss McCraw, la cual se dirigía hacia la roca. La vio a cierta distancia, y la profesora no había prestado atención a los gritos de Edith. Además, Edith confesó avergonzada que la solterona, habitualmente tan recatada, vestía de modo indecente: no llevaba falda encima, solamente sus bragas.

La búsqueda continuó durante varios días, mientras la policía interrogaba sistemáticamente a todos los testigos. El joven Michael Fitzhubert parecía ser el más sospechoso en el caso de que se hubiese realizado un acto impúdico, pues él había sido la última persona que había visto a las chicas y admitió que había empezado a seguirlas. No obstante, no había ningún otro indicio de que él hubiese sido el responsable de la desaparición de las muchachas y, posiblemente debido a la presión ejercida por los influyentes Fitzhubert, la policía abandonó esta parte de la investigación.

El jueves siguiente a la excursión, la policía recurrió a un rastreador aborigen y a un sabueso. Tras haber olido ropa de miss McCraw, el sabueso siguió una pista que ascendía por la roca; luego se detuvo, con los pelos de punta y gruñendo durante casi 10 minutos, en una plataforma circular a medio camino de la cima; sin embargo, no encontró ninguna pista tangible. Convencida de que nadie podría haber sobrevivido durante tan largo tiempo en la espesura de los matorrales, la policía decidió abandonar la investigación.

Al día siguiente, viernes, Mike Fitzhubert y Albert Crundall decidieron investigar por su cuenta. Al final del día, sin haber encontrado nada, Mike decidió pasar la noche en la roca.

Albert volvió a la residencia del coronel Fitzhubert para excusar a Mike. A la mañana siguiente, cuando volvió a la roca, siguió el rastro de Mike y lo encontró inconsciente, con una insolación y un tobillo gravemente torcido. Mike fue llevado a casa y visitado por el doctor McKenzie; aquella noche Albert encontró en un bolsillo de Mike una nota escrita con precipitación y que, pese a su incoherencia, reflejaba que Mike había encontrado algo en la roca. En la mañana del domingo se llevó a cabo otra investigación y, con gran sorpresa por su parte, los buscadores hallaron a Irma Leopold.



¿Surgida De La Nada?




Mike Fitzhubert y Albert Crundall. Una teoría plausible en torno a la desaparición de las muchachas sugiere que los jóvenes podrían haberlas raptado.

Estaba inconsciente. Sufría varios golpes y pequeños cortes en la cabeza, y las uñas de sus manos estaban rotas, pero por otra parte no parecía muy afectada después de haber pasado más de una semana en el bosque: sus pies, descalzos, estaban limpios y sin marcas. Lo más extraordinario de todo era que le faltaba el corsé, pero no habían abusado sexualmente de ella. Cuando recobró el conocimiento, no podía recordar nada de lo que le había sucedido.

Y aquí acaba la historia. Irma no pudo decir nada de lo que le había ocurrido; Miranda, Marion y miss McCraw no serían vistas nunca más. Como consecuencia del episodio, las alumnas del colegio Appleyard fueron cambiadas de colegio, y aquél fue clausurado. Unos meses más tarde, mistress Appleyard se dirigió a Hanging Rock y subió sola. Su cuerpo fue hallado posteriormente al pie de un precipicio.

El misterio de Hanging Rock ha suscitado infinitas especulaciones. Para quienes no estén dispuestos a aceptar una explicación paranormal, existen dos posibilidades. Las chicas pudieron haberse perdido y muerto en la roca debido a las condiciones climatológicas. Sus cuerpos pudieron permanecer escondidos en la maleza al pie de un risco, o en una cueva donde pudieron haber caído, hasta ser devorados por los animales, insectos y bacterias (lo cual sucede bastante a menudo en el bosque australiano). La amnesia de Edith podría deberse a la histeria o a una caída; la de Irma, a la traumática experiencia de quedar separada de las demás y sobrevivir sola una semana. El corsé se lo debió de quitar para moverse más libremente (ésta pudo ser también la razón por la que miss McCraw se desprendió de su falda).

La segunda posibilidad es que las muchachas fuesen víctimas de algún crimen. Se ha sugerido la teoría de que Mike Fitzhubert y Albert Crundall pudieron haber raptado a las muchachas (después de asesinar a miss McCraw) y mantenerlas escondidas en las tierras del coronel para satisfacer sus deseos sexuales. Marion y Miranda, o bien murieron a causa de las lesiones sufridas, o fueron asesinadas; Irma debió de salvarse por azar. Desarrollando esta hipótesis, Mike pudo haber sido un pervertido sexual al que su familia hubiera enviado a las colonias para deshacerse de él; pero toda esta teoría se viene abajo por el hecho de que Irma siguiese siendo virgen.



Otra teoría es que las chicas fueron capturadas por un OVNI, para to cual la roca debió de haber actuado como base intergaláctica, al igual que la Torre del Diablo de Wyoming en la película "Encuentros en la tercera fase" (1977).


Las demás teorías son menos sostenibles. Se ha sugerido que las chicas fueron misteriosamente atrapadas por un vehículo espacial. Ciertamente, la roca es lo suficientemente peculiar como para servir de faro intergaláctico, como la Torre del Diablo que aparece en la película Encuentros en la tercera fase (1977). La presencia de un OVNI podría explicar el hecho de que los relojes se parasen. Cuando Edith contaba que había visto a miss McCraw, dijo que había. percibido una misteriosa nube rosa hacia aquella hora; ¿es esto una prueba de que pudiese haber extraños objetos volantes en el espacio?

Otra teoría es que las muchachas pudiesen haber realizado algo así como un viaje en el tiempo, en el que se trasladaron a otra época pasada o futura. Esta teoría queda muy relacionada con la nube rosa, pues Christian Doppler y Albert Einstein sugirieron que los cuerpos que desaparecían de la vista a una velocidad tremendamente elevada adquirían un tono rojizo que la vista percibía: una distorsión del espectro de la luz. La nube rosa podría haber sido la desaparición de miss McCraw a enorme velocidad viajando a través del tiempo.

Otras ideas son que las chicas se introdujeron en un universo paralelo, o que las propiedades originarias de la roca absorbieron misteriosamente a las víctimas, teoría que la película Picnic at Hanging Rock, con su angustiosa visión del paisaje australiano y su afirmación de la roca como un gigantesco símbolo fálico, parecía favorecer.

Así pues, ¿qué sucedió exactamente en aquel lejano día de San Valentín?



Los impresionantes despeñaderos de Hanging Rock se cobraron una víctima más cuando, según la novela y la película, la directora del colegio subió sola a Hanging Rock y se tiró desde arriba.


Gran parte de la historia de Hanging Rock está basada en la novela de Joan Lindsay Picnic en Hanging Rock (1967). Pese a que ésta es una obra de ficción, su creadora obviamente desea que sus lectores la tomen por una historia real. En el prefacio, la autora dice: «Si se trata de una realidad o de una ficción, mis lectores deben decidirlo por sí solos.» Al final del libro hay una larga cita, aparentemente extraída de un periódico de Melbourne, en el que se describen los rasgos más importantes de la historia. Otras circunstancias han contribuido a engañar a los investigadores. Todos los lugares mencionados en la historia existen, incluido un colegio para señoritas en Woodend. Los hermanos Hussey dirigían unos almacenes cerca de Woodend, y un tal doctor McKenzie trabajaba en las proximidades a finales del siglo XIX. Sin embargo, hoy en día no pueden hallarse referencias a las desapariciones.

De hecho, el día de San Valentín de 1900 cayó en miércoles, no en sábado. El colegio para señoritas (llamado Clyde College) fue inaugurado en 1910 en un suburbio de Melbourne, y no pasó a Woodend hasta 1919. Ni el periódico local, el Woodend Star, ni los dos diarios de Melbourne, el Age y el Argus, hablaron de las desapariciones en febrero de 1900, ni tampoco en años anteriores ni posteriores. La cita periodística del final de la novela dice que Irma fue entrevistada varias veces por la Society for Psychical Research: dichas entrevistas no han podido ser localizadas.

Ante esta falta de pruebas, Joan Lindsay se mantiene inquiétantemente enigmática. En una entrevista con un periódico de Melbourne, en 1977, se le preguntó sin reservas:

«¿Es su novela una realidad o una ficción?» «Para mí, ésta es una pregunta imposible de contestar -replicó-. La realidad y la ficción están íntimamente relacionadas.»

De cualquier manera, poco parece importar si la historia es verdadera o no. Parece haber pasado ya a formar parte de la mitología moderna. La gente que ha leído el libro o ha visto la película asegurarán que los acontecimientos descritos sucedieron en realidad. Al parecer, la historia ha cuajado perfectamente en el inconsciente colectivo australiano.

Está Hueca La Tierra

Durante muchos años se creyó que la Tierra era hueca, pero hasta 1968 no hubo ninguna prueba de ello. Ese año, unas fotos tomadas por un satélite mostraban claramente un agujero enorme en el Polo Norte.


La polémica foto del Polo Norte tomada en 1968 por el satélite ESSA-7, que muestra un extraño agujero negro donde debería estar el Polo. Para algunos entusiastas de los OVNIS ésta fue la prueba definitiva de que la Tierra es hueca.

A principios de 1970, la Administración del Servicio de Ciencia del Medio Ambiente (ESSA), perteneciente al Departamento de Comercio de los Estados Unidos, proporcionó a la prensa unas fotografías del Polo Norte tomadas por el satélite ESSA-7 el 23 de noviembre de 1968. Una de las fotografías mostraba el Polo Norte cubierto por la acostumbrada capa de nubes; la otra, que mostraba la misma zona sin nubes, revelaba un inmenso agujero donde hubiera debido estar el Polo. El ESSA estaba lejos de sospechar que sus fotos rutinarias de reconocimiento atmosférico iban a contribuir a despertar una de las controversias más sensacionales y célebres de la historia de los OVNIS.

En el número de junio de 1970 de la revista Flying Saucers, el editor y ufólogo Ray Palmer reprodujo las fotos del satélite ESSA-7 junto con un artículo en el que manifestaba que el agujero de la foto era real.

Durante mucho tiempo, Ray Palmer y otros ufólogos habían creído que la Tierra es hueca, y que los OVNIS provienen y retornan a una civilización de seres superiores que está oculta en su interior inexplorado. En 1970, gracias al apoyo de una fotografía en que aparecía el enorme agujero del Polo Norte, Palmer pudo por fin asegurar que la super-raza subterránea existía y probablemente se podía llegar hasta ella a través de los agujeros de los polos Norte y Sur.

En los números siguientes de Flying Saucers apoyó su teoría resucitando otra antigua controversia sobre la «Tierra hueca»: la de las famosas expediciones del vicealmirante Richard E. Byrd a los polos Norte y Sur.



El vicealmirante Richard Byrd, cuyas expediciones polares promocionaron la teoría de la Tierra hueca.

"El vicealmirante Richard E. Byrd de la US Navy fue un distinguido aviador pionero y explorador polar que sobrevoló el Polo Norte el 9 de mayo de 1926 y dirigió numerosas expediciones a la Antártida, incluyendo un vuelo sobre el Polo Sur el 29 de noviembre de 1929. Entre 1946 y 1947, llevó a cabo la operación a gran escala llamada «High Jump» (Salto Alto), durante la cual descubrió y cartografió 1.390.000 km² de territorio antártico.

Las famosas expediciones de Byrd entraron por vez primera en la controversia de la Tierra hueca cuando varios artículos y libros especialmente Worlds beyond the Poles (Mundos más allá de los Polos), de Amadeo Giannini pretendieron que Byrd había en realidad volado no por encima del Polo, sino hacia dentro de los grandes agujeros que llevan al interior de la Tierra. Ray Palmer, basándose principalmente en el libro de Giannini, introdujo esta teoría en el número de diciembre de 1959 de su revista y, a raíz de ello, mantuvo una voluminosa correspondencia al respecto.

Según Giannini y Palmer, el vicealmirante Byrd anunció en febrero de 1947, antes de un supuesto viaje de 2.750 km a través del Polo Norte: «Me gustaría ver la tierra más allá del Polo. Esa área más allá del Polo es el centro del Gran Enigma.» Giannini y Palmer decían también que, durante su supuesto vuelo sobre el Polo Norte en 1947, el vicealmirante Byrd comunicó por radio que veía debajo de él, no nieve, sino áreas de tierra con montañas, bosques, vegetación, lagos y ríos y, entre la maleza, un extraño animal que parecía un mamut. También, siempre según Giannini y Palmer, en enero de 1956, después de dirigir otra expedición a la Antártida, el vicealmirante Byrd había manifestado que su expedición había explorado 3.700 km más allá del Polo Sur y, además, justo antes de su muerte, Byrd había dicho de la tierra más allá del Polo que era «un continente encantado en el cielo, tierra de misterio permanente». Esa tierra, según otras teorías, era la legendaria Ciudad del Arco Iris, cuna de una fabulosa civilización perdida.

Para Giannini y Palmer, los comentarios atribuidos al vicealmirante Byrd no hacían más que confirmar lo que ellos habían sospechado siempre: que la Tierra tiene una forma «extraña» en los Polos, algo parecido a un « donut», con una depresión que, o bien se hunde muchos kilómetros en las entrañas de la Tierra, o forma un agujero gigante que pasa a través del eje de la Tierra, de un polo a otro.

Dado que, por razones geográficas, es imposible volar 2.750 km más allá del Polo Norte o 3.700 km más allá del Polo Sur sin ver agua, es lógico pensar que el vicealmirante Byrd debe haber volado hacia dentro de las enormes cavidades convexas de los polos, dentro del Gran Enigma del interior de la Tierra y que, si hubiera seguido adelante, habría llegado a la base secreta de los OVNIS que pertenecen a la super-raza oculta, quizás la legendaria Ciudad del Arco Iris que Byrd habría visto reflejada en el cielo.

La posibilidad de que la Tierra sea hueca, de que se pueda entrar en ella a través de los polos Norte y Sur, y de que civilizaciones secretas florezcan en su interior, ha espoleado las imaginaciones desde tiempo inmemorial. Así, el héroe babilonio Gilgamesh visitó a su antepasado Utnapishtim en las entrañas de la Tierra; en la mitología griega, Orfeo trata de rescatar a Eurídice del infierno subterráneo; se decía que los faraones de Egipto comunicaban con el mundo inferior, al cual accedían a través de túneles secretos ocultos en las pirámides; y los budistas creían (y creen todavía) que millones de personas viven en Agharta, un paraíso subterráneo gobernado por el rey del mundo.



Esta vista de la Tierra, tomada durante la misión del Apolo XVII, muestra claramente la Antártida.

El mundo científico no fue inmune a esta teoría: Leonard Euler, un genio matemático del siglo XVIII, dedujo que la Tierra era hueca, que contenía un sol central y que estaba habitada; y el doctor Edmund Halley, descubridor del cometa Halley y astrónomo real de Inglaterra en el siglo XVIII, también creía que la Tierra era hueca y albergaba en su interior tres plantas. Ninguna de estas teorías estaba sustentada científicamente, pero alternaban con varias obras de ficción sobre el mismo tema, las más importantes de las cuales eran Las Aventuras de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe (1833), en la cual el héroe y su compañero tienen un terrorífico encuentro con seres del interior de la Tierra; y el Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne (1864), en la cual un profesor aventurero, su sobrino y un guía penetran en el interior de la Tierra a través de un volcán extinguido en Islandia, y encuentran nuevos cielos, mares y reptiles gigantescos y prehistóricos que pululan en los bosques.

La creencia en una Tierra hueca estaba tan extendida que incluso Edgar Rice Burroughs, el célebre autor de Tarzán, se sintió obligado a escribir Tarzán en las entrañas de la Tierra (1929), en el que el famoso hijo de la selva va a Pellucidar, un mundo que se encuentra en la superficie interior de la Tierra y que está alumbrado por un sol central. La sombra más allá del tiempo (1936) de H. P. Lovecraft transportó el tema a la época actual describiendo una raza antigua y subterránea que dominó la Tierra hace 150 millones de años y que, desde entonces, en el refugio de la Tierra interior, ha inventado aviones y vehículos atómicos, y domina el viaje en el tiempo y la percepción extrasensorial.

Estas y otras obras de ficción mantuvieron vivo el interés por la posibilidad de que la Tierra fuera hueca y de que escondiera otras civilizaciones.

Así, cuando se avistaron los primeros OVNIS en Estados Unidos en 1947 y la «ufomanía» azotó el país primero y el mundo después, surgieron dos teorías para explicarlos. Los OVNIS debían ser o bien naves extraterrestres de alguna galaxia lejana, o pertenecían a seres avanzadísimos que habitaban en el interior de la Tierra. Estas teorías llevaron a recuperar las leyendas de las civilizaciones «perdidas» de la Atlántida y de Thule, en la creencia de que esta última se hallaba en el Ártico (no se debe confundir con Dundas, antes Thule, el enclave esquimal en Groenlandia, que es hoy una base aérea de los Estados Unidos y centro de comunicaciones). No obstante, se creía también que otra posible fuente de procedencia de los OVNIS se hablaba en la Antártida. Esta teoría surgió a raíz de la publicación del convincente libro de John G. Fuller, El viaje interrumpido (1966), en el que el autor relata la historia de Betty y Barney Hill, un matrimonio americano que, durante un tratamiento psiquiátrico debido a un inexplicable período de amnesia, recordó bajo hipnosis que habían sido raptados por extraterrestres, examinados en el interior de un platillo volante a informados de que los extraterrestres tenían bases en toda la Tierra, algunas en el fondo del mar y al menos una en la Antártida.

De este modo, cuando Ray Palmer publicó su controvertida teoría en 1970, los ufólogos y creyentes en la Tierra hueca quedaron a la expectativa. ¿Se trataba de las pruebas concluyentes?

Pero los argumentos que Palmer aducía se revelaron extremadamente endebles. Todas las investigaciones llevadas a cabo desde entonces no han logrado confirmar ninguna de las afirmaciones atribuidas por Giannini y Palmer al vicealmirante Byrd; ni siquiera se ha confirmado su vuelo sobre el Polo Norte en febrero de 1947 (lo cierto es que Byrd sobrevoló el Polo Sur en esa fecha, en el transcurso de la operación High Jump). Incluso suponiendo que Byrd hiciera dichos comentarios, es más lógico creer que «la tierra más allá del Polo» y el «Gran Enigma» son formas de aludir a las regiones aún inexploradas, más que a continentes escondidos en el interior de la Tierra, y que el «continente encantado en el cielo» era únicamente una descripción de un fenómeno corriente en las latitudes antárticas: una especie de espejismo que trae el reflejo de tierras lejanas.

A pesar de que se ha demostrado la inexactitud del pretendido viaje de Byrd al Polo Norte, hay algunas personas que afirman haber visto un noticiario sobre dicha expedición al Polo Norte, en el que se veían «sus montañas, árboles, ríos y un gran animal identificado como un mamut» . Una mujer escribió a Ray Palmer acerca de este noticiario, asegurando que lo había visto en White Plains, New York, en 1929. Sin embargo, este documental no está registrado en ningún archivo. ¿Se trata quizá de una artimaña del Gobierno de los Estados Unidos? ¿O quizá esa película no existió nunca? Es curioso cómo algunas personas creen «recordar» de buena fe una película que con casi total certeza nunca ha existido -al parecer, muchos de nuestros primeros recuerdos son «inventados», y proceden de cosas que nos han contado luego o que hemos imaginado.

Según Byrd, y de acuerdo con su diario: «Hemos sobrevolado en total unos 25.900 km² de la Tierra más allá del Polo. Como era de esperar, aunque resulta decepcionante decirlo, no se observaba ninguna característica importante más allá del Polo. Sólo el inmenso desierto blanco que cubría el horizonte.» Asimismo, la leyenda sobre la Ciudad del Arco Iris puede derivar de una mala interpretación de las palabras de Byrd:



Diagrama que muestra la composición geológica de la Tierra. El planeta se compone de corteza, manto y núcleo; no existen zonas huecas más que en la imaginación.

Podía haberse llamado la Avenida de los Arco Iris Helados. Al este y al oeste se alzaban grandes montañas. Algunas no estaban cubiertas por el hielo; eran negras como el carbón o de un rojo ladrillo. Otras estaban cubiertas de hielo por completo. Éstas parecían cataratas gigantescas. Allí donde el sol tocaba sus picos y laderas, la luz se reflejaba en toda una gama de colores. Había una mezcla de azules, púrpuras y verdes tal como pocas veces ha visto el hombre.

Ateniéndonos a las palabras de Byrd, podemos observar que no vio tierras verdes y frondosas ni mamuts más allá del Polo Sur; la cifra de 2.750 km es errónea o exagerada; la Ciudad del Arco Iris no tiene otra realidad que lo que Byrd describió como «Arco Iris Helados», un simple fenómeno atmosférico.

No obstante, ¿podría ser hueca la Tierra? De nuevo, la respuesta ha de ser negativa. Al contrario de lo que sucedía con los primeros teóricos de la Tierra hueca, las propiedades físicas y la estructura del interior de la Tierra pueden medirse hoy exactamente con sismógrafos y computadoras electrónicas. Lejos de ser hueca, la Tierra está compuesta de cuatro capas principales: la corteza, el manto, el núcleo y el nucléolo. La corteza de granito y roca basáltica tiene un grosor de 30 a 40 km (mucho más delgada en las fosas oceánicas). Debajo de la corteza está el manto, que se extiende hacia abajo durante 2.900 km, y es sólida y compuesta de silicatos de magnesio, hierro, calcio y aluminio. Y debajo de esto está el núcleo, que se cree debe estar compuesto principalmente de hierro en estado de fusión. Finalmente, a una profundidad de unos 5.090 km está el nucléolo, que es posible que sea sólido como resultado de la congelación del hierro bajo la extraordinaria presión de unas 3.200.000 atmósferas. Aunque muchos detalles no son más que hipótesis en espera de que los avances de la ciencia nos permitan confirmarlas, desde luego, la Tierra no es hueca.



Ilustración del «mar central» de Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne.

¿Y qué hay del enorme agujero que se podía observar en la fotografía de las regiones árticas? La explicación es ridículamente simple y se le podría haber ocurrido a cualquier niño inteligente que supiera algo sobre la rotación diaria de la Tierra. Por desgracia, los entusiastas de la teoría de la Tierra hueca tomaron dicha fotografía como «prueba» sin antes consultar con nadie mínimamente experto en el asunto.

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